Claves del voto de la segunda vuelta presidencial de 2018

El 17 de junio de 2018 se llevó a cabo la segunda vuelta presidencial entre las dos fuerzas opositoras al gobierno del presidente saliente Juan Manuel Santos. Por un lado estuvo Iván Duque como candidato del partido Centro Democrático y de varias fuerzas políticas de la derecha que fueron aglutinándose durante el ciclo electoral. Por otro lado, estuvo Gustavo Petro como el representante de una buena porción de la centro izquierda y como el primer candidato de ese sector que competía en esta segunda vuelta, recibiendo el apoyo de varios sectores y personalidades ubicados más al centro.

Casi toda la opinión pública daba por contado que la participación en estos comicios iba a ser sustancialmente más baja a la primera vuelta (53,38%), debido a que muchos votantes de los candidatos eliminados en la primera vuelta no tenían incentivos para votar por Petro o por Duque. Sin embargo, se registró casi el mismo número de votantes (53,04%), siendo esta la tercera mayor participación desde que la Constitución de 1991 entró en vigencia para una segunda vuelta.

No obstante, esta aparenta estabilidad no puede engañar, la distribución territorial de la participación no fue exactamente igual a la presentada el 27 de mayo. Sorpresivamente, en los departamentos de la costa Caribe como Córdoba, Magdalena, Bolívar y La Guajira se movilizaron más votantes. Además, Cauca y Nariño registraron también aumentos notables de la participación. En contraste, en las grandes capitales departamentales y en sus áreas metropolitanas participaron menos votantes que hace tres semanas.

Estos cambios en el número de votantes beneficiaron a ambos candidatos según la región. Los dos aumentaron su caudal en el territorio de forma generalizada, pero cada uno tuvo focos de crecimiento más localizados que dependieron en parte de la votación que obtuvieron en esas zonas durante la primera vuelta.

En el caso de Duque, los focos de crecimiento más acentuados se concentraron en las zonas rurales de la Costa Caribe y el centro del país, especialmente en Atlántico, Antioquia y el Eje cafetero. En el ámbito urbano, creció también bastante en Medellín y el valle de Aburrá, las capitales del Eje cafetero, Bucaramanga y su zona metropolitana, Cúcuta, e Ibagué. El crecimiento es mucho más modesto en Bogotá, Cali, y las capitales de la costa Atlántica y del sur del país. Con esto, Duque obtiene más de 2.700.000 votos adicionales con respecto a la primera vuelta.

 

 

 

 

 

En contraste, el crecimiento de Petro fue sobre todo urbano. Tuvo muy buen crecimiento en Bogotá Cali y Barranquilla donde ya estaba fuerte en primera vuelta, lo mismo que en Pasto y Popayán. El auge del voto Petro es también importante en las capitales del Eje cafetero, y las ciudades de Boyacá y Santander donde partía de más lejos. En cambio, no progresó tanto en las capitales de la costa caribe (donde ya estaba fuerte), y tampoco en Medellín y su zona metropolitana y Cúcuta (donde quedó totalmente relegado). Al final, este buen crecimiento urbano le permitió crecer más que Duque, obteniendo unos 3.100.000 votos adicionales con respecto a la primera vuelta.

Estos mapas arrojan luces sobre los movimientos de votos en la segunda vuelta, y en particular, sobre lo que pasó con los votos de Fajardo. A título comparativo, insertamos un mapa del voto de Fajardo de la primera vuelta usando la misma escala de círculos y la misma discretización para poder compararla con los mapas de crecimiento de Duque y Petro.

El carácter marcadamente urbano del voto de Fajardo nos ofrece la primera clave. Duque creció sobre todo en el ámbito rural, y probablemente más gracias al aporte de los votantes de Vargas Lleras que de Fajardo, sobre todo en la costa Caribe, donde a todas luces, se reactivó un poco la famosa “maquinaria” de los políticos locales a favor de Duque. Esto es una fuente importante del aumento de Duque aunque no la única. En Cúcuta y sobre todo Medellín y su zona metropolitana, los votantes de Fajardo se reportaron más claramente sobre Duque. En las ciudades del Eje cafetero, parecen haberse dividido de forma más balanceada entre los dos candidatos. En las otras partes, incluyendo los grandes bastiones fajardistas de Bogotá y Cali, es hacia Petro que los votantes se inclinaron mayoritariamente. Esto incluye las ciudades del sur, de Boyacá y de Santander.

De este modo, podemos concluir que la mayoría del electorado de Fajardo se fue hacia Petro salvo en Medellín y su región y Cúcuta, aunque hay que anotar también que una porción significativa se fue probablemente a alimentar el aumento de la abstención en el ámbito urbano, abstención que como lo vimos, fue compensada por un aumento de la participación en zonas rurales, sobre todo en la costa (a favor de Duque), y en el sur-occidente (a favor de Petro, pero con un caudal de voto más limitado).

De vuelta a las urnas: el poder electoral perdido de las FARC

En 1985, nació la Unión Patriótica a iniciativa de las FARC y otros grupos guerrilleros de la época, que se encontraban entonces en un proceso de negociación con el gobierno de Belisario Betancur. El nuevo partido recogió el apoyo de varios grupos civiles de izquierda, entre los cuales, el partido comunista colombiano, y se estrenó en las urnas para las elecciones legislativas de 1986. Aunque es importante diferenciar la UP de las FARC, sobre todo conociendo la triste historia de masacres y hostigamientos a los militantes del partido que siguió, el resultado de las legislativas de 1986 nos ofrece un proxi interesante del poder de influencia electoral que tenía las FARC en este momento. Desde luego, si no todos los militantes de la UP tenían relación con las FARC, tampoco todas las FARC estaban sintonizadas con la experiencia de la UP, sobre todo en un contexto de estancamiento de las negociaciones que llevaría a su entierro con el nuevo gobierno de Virgilio Barco. Con estas indispensables precauciones, resulta sin embargo interesante comparar los resultados de la FARC en las pasadas elecciones al Senado y los de la UP en 1986 para la misma corporación.

El resultado de la UP generó muchas expectativas en la época. Las FARC habían adoptado desde el principio de los años 1980 una táctica de cerco a las grandes ciudades que pretendía acercar la hora de la toma final del poder, y otorgar a la guerrilla una base de apoyo urbano. Los simpatizantes de las FARC, como los que se preocupaban por su avance, veían por tanto en las elecciones una manera de medir el éxito de esta movida. La UP presentó listas en Bogotá, Antioquia, Caldas, Cauca, Cesar, Cundinamarca, Norte de Santander, Quindío, y Sucre (recordemos que en esta época, el escrutinio era departamental tanto para Cámara como Senado). Los resultados fueron muy limitados. A nivel nacional, la UP obtuvo apenas 1,5% de los votos. Sin embargo, eso fue suficiente para preocupar las elites políticas y los militares. Los apoyos en las ciudades eran limitados pero reales como en Bogotá (3,5%), Medellín (3,4%) y Popayán (3,9%). Desde luego, este apoyo venía probablemente más de militantes de izquierda civil que de personas que realmente apoyaban la guerrilla o pudieran tener relaciones con ella. Más notable fue el apoyo en Soacha, donde la UP logró 12,6% de los votos. La ciudad satélite de Bogotá era centro de importantes actividades industriales que atraían obreros potencialmente cercanos a la izquierda, y además, había empezado a recibir el éxodo de la población que huía el conflicto desde varias zonas del país.

Pero más allá, la concentración del apoyo de la UP era claramente enfocado en las zonas rurales donde las FARC, y/o el partido comunista habían logrado ejercer una influencia histórica: el sur de Cundinamarca, el Urabá, el Magdalena Medio, el centro y norte del Cauca, y el Catatumbo. El hecho de que la UP no haya presentado listas en el Oriente del país no permite acercarnos a su influencia en estos bastiones de las FARC que fueron Arauca, el Caquetá, y el sur del Meta.

En las tres primeras regiones, el éxito de la UP llegó a niveles impresionantes. En Urabá, la UP era hegemónica en Mutata (80%) y Apartadó (67%), en el Magdalena Medio, lo fue en Yondó (61,7%), Segovia (60,6%) y Remedios (56%), y en el sur de Cundinamarca, logró el apoyo de 69,7% de los votantes en Cabrera.

Con todo, el apoyo de la UP quedaba limitado a estas pocas zonas, a unas pequeñas minorías en las grandes ciudades, y era casi nulo en el resto del país. Este modesto estreno empezó a generar inquietudes mucho más precisas entre las elites cuando Jaime Pardo Leal obtuvo 4,5% de los votos nacionales a la Presidencia mostrando un potencial algo más importante de lo que dejaban ver las legislativas para la UP, y cuando la UP obtuvo 16 alcaldías en las elecciones de 1988, entre ellas, las de los municipios citados arriba.

Como sabemos, la experiencia de la UP fue violentamente truncada por la arremetida paramilitar, y sus zonas de influencia arrasadas a lo largo de los años 1990 y 2000.

Más de 30 años después, mientras los pocos sobrevivientes de la UP se fueron hacia la coalición de los “decentes” de Gustavo Petro, las FARC ya desmovilizadas volvieron a medirse a las urnas con unos resultados muy por debajo de sus esperanzas.

El 0,34% que obtuvo la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, el movimiento fruto de la desmovilización de la guerrilla, está muy por debajo de lo que lograba la UP en 1986.

Más aun, los resultados a nivel municipal muestran varios cambios con respecto a la experiencia de la UP. En primer lugar, la guerrilla ya no puede contar sobre la simpatía de una franja de población urbana como en los años 1980. En pocas ciudades la FARC obtiene un resultado igual o superior a su resultado nacional. Las excepciones son Bogotá (0,39%), Pasto (0,35%), Neiva (0,73%), Popayán (0,53%) y Barrancabermeja (0,55%), y por supuesto, estamos muy lejos de los 3% de los años 1980.

En segundo lugar, como lo muestran los mapas, aun en sus bastiones rurales, la FARC está lejos de ser una fuerza hegemónica. Su récord es un porcentaje de 21,65% en Uribe, Meta, antes de un 14,34% en Argelia, Cauca; 12,43 en Calixto, Norte de Santander; 11,04% en Murindó, Antioquia; y 10,91 en el Valle del Guamez, Putumayo. Estamos muy lejos de los 60% que la UP podía obtener en los bastiones históricos de la izquierda en 1986.

Finalmente, esos mismos bastiones cambiaron. Para la izquierda, el Urabá, el Magdalena Medio y el Sur de Cundinamarca no se recuperaron de la ofensiva del paramilitarismo, y la FARC sólo recoge migajas de la influencia que alguna vez tuvo en ellos. Los bastiones que sobrevivieron son la Serranía de la Macarena en el Meta, y el Catatumbo en el Norte de Santander. Mientras tanto, apareció una nueva zona de influencia en el occidente de Antioquia, que se nutre probablemente de los desplazamientos de población que conocieron el Urabá Antioqueño y Chocoano en los años 1990 y 2000.

Así, las dinámicas del conflicto armado en las dos últimas décadas han hecho merma en la capacidad de influencia electoral de la antigua guerrilla. El análisis territorial de las elecciones muestra que la FARC es apenas una sombra de lo que llegó a ser como guerrilla en los años 1980. Más aun, existen hoy día alternativas en la izquierda democrática que no estaban presentes en las elecciones de 1986. Entre los Verdes, el Polo Democrático y los Decentes, el elector de izquierda tiene varias opciones antes de pensar en apoyar la ex guerrilla, y eso se resiente en particular en sus limitaciones para llegar a las ciudades.

Así las cosas, los que pensaron que la ex guerrilla lograría llegar a las puertas del poder por los acuerdos de paz sobreestimaron su poder, y los resultados electorales constituyen un golpe de realidad para ella misma. Es sobre esta base que tiene que pensar ahora en la mejor manera de insertarse en el juego político democrático.